viernes, 14 de octubre de 2016

75. Angostura




El ojo ciego en su rutina esférica convierte a Bandah en un mapa de punto. Punto y seguido. Para nada semejante a dos montes gemelos calzados de otoño, con sus vientres de lava seca a rebosar de  gramíneas. O como una turista incidental, con pistola y cigarro velorio, apuntando idiomas, ligando viajes. ¿Es ella que finge aterrizar en un campo desgarrado de soles o es cosa nuestra y, en un ejercicio desdichado, la servimos como sopa de ganso? En ese punto, pues, en el del primer renglón, el tiempo detenido es una quimera y cuando la gente se pone vieja, resoplado dentro de su escafandra de goma eva, termina y acaba en una laguna picoteada de estrellas. Punto, y se confirma el seguido. Tras lo cual no hay peligro de colisión, únicamente el extravagante niño perdido que define bostezos amarrado a una ubre filantrópica allá por su nave nodriza. Maldito en su estirpe de gladiador, consentido pero adorado cual escarabajo de diorita fina. Punto y aparte.

Y aquí otra vez. Memoria de libro, entre tijeretazos de bichos desgarbados y puntas envenenadas, de aquellas que tiznan lenguas, matan y erigen mucho antes altares conchabados de verdades y casi mentiras a partes iguales, por muy sentada a la mesa que permanezca la mano que mece el hambre desde la cuna. Descalzada en guante de látex, sorbida en las aguas turquesas de un mar cada trece pinos de altura relativa. Punto, de nuevo. Para empeñarse de corrido en alimentar imanes. Que un cíclope no se columbra en año bisiesto pese a su corteza mundo o a las no pocas puertas como preguntas que cualquier pintor de bodegones formularía a balazos. ¡Los caballetes como escarpias!
Y en este último punto, la mujer lavanda que ciñe rosas y agujas sin fecha, se recompone el mayestático busto, tira de líneas astrales y trota nubes bajas con soldados de otros imperios, todavía por conquistar. Como sus labios, al negro en punto.




¡Palabra de rey aciago!




Fotografía APOD: Saturno creciente

4 comentarios:

  1. No hay más señales en el cielo, cuando el agua anega unos pulmones, las pupilas se dilatan por el asombro. Pero no es el caso. Circulando por el anillo verde, las noches sin luna siempre se imponen cuando no hay tiempo para memorias. El callejón es mucho más que estrecho cuando no se encuentra la esperanza en algún bolsillo. Enajenados selenitas se apoderan de un futuro posible, con una gran corte de animados hielos flotantes en una tierra estéril.
    Pero hay un barco, a la deriva, siempre derrotado, que admite náufragos de bañeras.
    No hay más señales en el cielo, cada vez queda menos aire en los pulmones para el grito de rescate, punto y seguido, como arma para alejar el final, de mapas imposibles.

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    1. Las señales en el cielo existen, como también barcos a la deriva en las estelas de cometas y anillos. Y manos alzadas, y agonizantes gaznates, y alguna que otra flema carrasposa. Pero el ojo se aprisiona en el reflejo de una estrella, moribunda y figura hasta la sepultura. Pese a los desencuentros, a los náufragos, o a los poetas que silben su desdicha con luna llena.

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  2. Ébano. Este es claramente ébano, te lo digo yo que los zorros sabemos bien de colores y emociones. Fenomenal. Precioso. Por alguna estúpida razón, me he imaginado a una mujer con un corsé. Raro, ¿verdad?

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    1. Conchabado en su sano juicio, así se siente nuestro rey al leer en tus pisadas los colores de su propia divisa. La que marca tierras colonizadas de plata, en zorros y ciernes de declarar abierta su colección de gemas.

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